Posteado por: mariaisabelherrero | noviembre 13, 2014

Aprender de los hijos

Del blog familia actual

Los hijos son pequeños “maestros” que nos enseñan cosas grandes, por eso hemos escrito Aprender de los hijos, un libro que queremos compartir con todos vosotros. He aquí la Presentación:

Antes se decía que los niños venían al mundo con un pan bajo el brazo. Tener un hijo era una bendición, un buen presagio. En una sociedad eminentemente rural, significaba una boca más que alimentar, pero también dos manos para trabajar. El nuevo miembro aportaba a la familia un futuro más prometedor, un mejor porvenir, un impulso optimista.

En la actualidad ya no ocurre lo mismo. Han cambiado mucho las cosas: la sociedad se ha modernizado, la economía ya no pivota sobre la familia y la familia ha adoptado multitud de formas diferentes. Ni el “cheque bebé” ni la desgravación de la renta por descendiente a cargo del declarante son comparables con ese pan simbólico que los niños traían antaño bajo el brazo. No obstante, sigue habiendo padres e hijos y quizá más conscientes que nunca de que lo son.

Tener un hijo siempre ha sido algo excepcional. Claro que entra dentro de la normalidad biológica; sin embargo, todo hijo que viene al mundo aporta una novedad radical, sobre todo, para sus padres. Su presencia, incluso sólo su posibilidad, provoca una pequeña revolución en nuestras vidas. A partir de ahora todo va a cambiar, sobre todo, nosotros. Ya no seremos fulanito o fulanita, sino los padres de fulanito o fulanita. Contaremos, para todos los efectos, como padre y madre.

Nosotros creemos que los niños siguen viniendo al mundo con un pan bajo el brazo. Pero lo que traen en ese pan no es bonanza económica, sino algo mucho más importante: un hijo nos hace ser mejores, nos hace plantearnos nuestra forma de vida, nuestros hábitos, nuestros principios. Nos obliga a mejorar porque queremos darle lo mejor de nosotros mismos, porque queremos que se sienta orgulloso de sus padres. Queremos llenarnos al máximo para darle más. ¡Qué mejor pan que el que nos hace esforzarnos por ser mejores personas!

Ser padres implica aceptar ese regalo y, como consecuencia, ponerse a la altura de las circunstancias. El pan que cada hijo trae bajo el brazo nos exige ser mejores, nos hace esforzarnos por ser merecedores del título que recibimos cuando damos la vida. Si a alguien, ser padre, ser madre, no le hace mejor es porque no ha sabido aprovechar ese regalo que trae cada hijo. Y, en cierto modo, lo está defraudando.

Lo primero que nos enseña un hijo es a dar. Esa es la primera gran lección que recibimos como padres: dar sin esperar recibir y desear poder dar más. La maternidad, la paternidad nos hace felices justamente porque aceptamos que sólo nos queda lo que damos y eso lo aprendemos gracias a nuestros hijos.

No hay experiencia comparable a la de ser madre o padre. Sin duda, porque en ella salimos infinitamente enriquecidos. Cada hijo nos trae el mismo mensaje: “A partir de ahora todo va a ser al revés: aprende el que enseña, recibe el que da, queda lleno el que se vacía”.

El poeta inglés George Herbert decía que “un padre vale por cien maestros”; nosotros pensamos que la frase también se puede aplicar a los hijos. Ellos son pequeños maestros que nos enseñan cosas grandes: optimismo, ilusión, imaginación, humor, alegría, confianza, serenidad, perdón, amor, constancia, empatía, amistad, curiosidad, rebeldía. Si no fuera por ellos, probablemente no hubiéramos aprendido a mantenernos siempre jóvenes, a aceptar la frustración y el dolor, a adaptarnos a lo imprevisible, a trabajar en equipo, a ejercer la autoridad, a pactar, a valorar los pequeños detalles, a gestionar el tiempo, a reajustar las preferencias, a ser prescindibles.

Si educar consiste en sacar del otro su mejor yo, los hijos nos educan más que cien maestros. Gracias a ellos somos, o intentamos ser, mejores personas. Gracias.

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Posteado por: mariaisabelherrero | noviembre 10, 2014

Educación diferenciada

Educación diferenciada: pedagogía, no ideología

“La educación diferenciada ha de quedar fuera del debate político y basarse en los resultados”, dice David Chadweil, que es coordinador del Departamento de Educación de Carolina del Sur (EEUU) para el desarrollo de las escuelas públicas de educación diferenciada. Chadweil considera que este tipo de enseñanza no debe entenderse como una cuestión política, ni como una regresión al pasado ni un pulso contra la coeducación, “simplemente como una opción, porque los niños y las niñas tienen distintas formas de aprender”, además de una opción para que los padres puedan elegir libremente la educación más adecuada para sus hijos. El profesor Chadweil hizo estas declaraciones tras aceptar la invitación hecha por la European Association of Single-Sex Education (EASSE) en colaboración con entidades educativas para dar a conocer su experiencia en varias ciudades de España y Portugal.

Según el experto estadounidense, “la educación diferenciada ha de quedar fuera del debate político y basarse en los resultados educativos”. Las diferencias en el aprendizaje deberían ser tenidas en cuenta incluso en la escuela mixta para poder atender las peculiares necesidades de cada uno de los sexos. “La implementación de clases diferenciadas en una escuela pública -aseguraba- no supone un coste elevado”. Me ha parecido que las apreciaciones del catedrático americano pueden ser de interés para todos, más después de la ILP presentada por partidos marcadamente ideologizados en el Parlament de Cataluña.

Jesús Martínez Madrid

Posteado por: mariaisabelherrero | noviembre 6, 2014

Alta fidelidad

Del blog familia actual

Hace tiempo que venimos oyendo hablar del “gen de la infidelidad”. Según algunos investigadores, la tendencia de ciertos hombres a ser infieles les viene dada por la presencia del alelo 334 en su estructura genética. Un alelo es una forma alternativa de un gen que codifica para una característica en común y parece que este en concreto está presente en aquellos varones más propensos a la infidelidad. El estudio, realizado con diferentes parejas heterosexuales, concluyó que aquellos hombres con el alelo 334 mantenían lazos menos fuertes con sus parejas y habían sufrido más crisis en sus relaciones que aquellos que no lo tenían.

Otro estudio, realizado ahora en España por el instituto IPSOS, detecta que un 35% de hombres y un 26% de mujeres reconocen haber sido infieles a su pareja. Y, aunque la inmensa mayoría (un 83%) cree que es posible mantenerse fiel a una persona toda la vida, paradójicamente un 65% considera que se puede estar enamorado de dos personas al mismo tiempo (noticia).

Parece, pues, que la fidelidad no lo tiene nada fácil, ya lo decía Woody Allen con su habitual ironía: “Hoy en día la fidelidad sólo se ve en los equipos de sonido”. Sin embargo, es esencial su presencia para que el amor cumpla su vocación de “para siempre”. ¿Cómo es posible que le pidamos alta fidelidad a un aparato electrónico y no a las relaciones de pareja, por qué afinamos tanto en lo superfluo y nos relajamos en lo importante, para qué tanto cuidado de las cosas materiales si descuidamos las personales?

Así como de un equipo de sonido que responde a nuestras expectativas decimos que es de alta fidelidad, de la misma manera, un matrimonio conforma un equipo de alta fidelidad por la razón de que ser fiel es la respuesta que damos al amor. Cuando nos comprometemos con una persona, el amor pone su principal condición: nos exige ser fieles, y es tajante.

Una pareja comprometida en el amor ha de ser un equipo de alta fidelidad y ha de luchar por mantenerla. Es fácil si se ama mucho y si se ponen los medios para no hacer tonterías, porque por muy buen equipo de música que tengamos, si le insertamos un disco rayado, no sonará bien, es más, cuanto mejor sea el reproductor más se notará el desperfecto. En la pareja, esa fina sensibilidad se consigue a base de trasparencia, a base de un diálogo íntimo y continuado donde no haya sombras ni pliegues y que esté regido por la confianza, esa virtud recíproca que se recibe cuando se da.

A pesar de la existencia del alelo 334 y de la insistencia de los datos estadísticos, la fidelidad está en la misma estructura genética del amor humano cuando se quiere de verdad y se lucha por un proyecto de felicidad compartida.

Puede que la fidelidad sea otra virtud en crisis, pero es la más deseada y la que más necesitamos, porque sabemos que se parece tanto a felicidad que muchas veces se confunden. Y no sin razón, porque la clave de una pareja feliz es que se convierta en un equipo de alta fidelidad.

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Posteado por: mariaisabelherrero | noviembre 3, 2014

El coach familiar

Todos podemos ser más felices. Pero quizá necesitemos que nos echen una mano, que nos orienten, que nos hagan sacar lo mejor de nosotros mismos, que nos ayuden a explorar y explotar todas nuestras potencialidades, que nos enseñen a despejar miedos, creencias limitantes, ideas autodestructivas, pensamientos irracionales, relaciones tóxicas…, todas esas piedras que nos hacen tropezar y perder el equilibrio personal.

El coach es como el copiloto en un rally. El cliente (no paciente) conduce el coche, toma la iniciativa, frena o acelera, cambia las marchas y lleva el volante, pero recibe las indicaciones del copiloto que conoce bien el mapa, las habilidades del conductor y las curvas del camino. Así, el coach es capaz de ver lo mejor de su piloto y, apoyándose en las fortalezas de este, aplica patrones de eficacia que le permitirán a su cliente despertar y gestionar sus recursos interiores.

En los últimos años ha adquirido vital importancia la figura del coach (entrenador), una persona que, con las técnicas adecuadas, orienta y acompaña el cambio hacia el éxito. Sobradamente conocido es el coach empresarial o ejecutivo, cuya misión es ayudar a un colectivo a sacar lo mejor de sí mismo con la finalidad de ser más productivo. Del mismo modo, ha ido adquiriendo notoriedad el coach personal, quien nos hace sacar lo mejor de nosotros mismos para conseguir el equilibrio interior y, a la postre, la tan ansiada felicidad. Falta un tercer coach, mucho más valioso que los anteriores, una figura emergente y necesaria, que centra su trabajo en la familia.

Por mucho esfuerzo que dediquemos a los individuos o a los colectivos, si desatendemos la familia, todo puede quedar en agua de borrajas. Todos estamos inscritos en una familia, sea del tipo que sea, y hemos comprobado que nuestra salud personal depende en gran medida de la salud de que goce ella. La familia se diferencia de la empresa en que el vínculo que une a sus miembros es el amor, algo que, a la vez que nos enriquece, complica bastante su dinámica interna y su funcionamiento.

En la familia, como decía Joaquín Sabina, “dos no es igual a uno más uno”, interviene algo sublime que nos hace ser personas, no individuos intercambiables. Es una realidad que se parece a una cadena tan fuerte como el más débil de sus eslabones: de nada nos sirve ser nosotros de hierro si uno de los aros es frágil como la seda (quizá las relaciones de pareja, los celos, la relación con los hijos, las tareas del hogar, la falta de comunicación, las pequeñas injusticias, una enfermedad, la comodidad, el desencanto, el trabajo,…).

La familia es dinámica por definición y está sometida a muchos cambios. Es justamente en esos momentos de crisis o inflexión cuando puede ser necesaria la ayuda de un coach: elección de pareja, compromiso, momentos de desorientación, llegada de los hijos, su crianza y educación, vínculos con los abuelos u otros familiares, pérdida de uno de los miembros, nuevas situaciones laborales…, pues la calidad de vida de los individuos depende, más que de otra cosa, de sus relaciones familiares. Por eso, así como muchos profesionales acuden a un coach ejecutivo, del mismo modo, y con mayor motivo, un padre, una madre, un hijo, pueden beneficiarse de la ayuda de un coach familiar.

Gestionar una familia es mucho más difícil y mucho más importante que gestionar una empresa. En la gestión empresarial nos jugamos, principalmente, dinero; en la gestión familiar ponemos en juego un capital que no tiene precio: la felicidad.

Todos podemos ser más felices, pero para ello debemos gestionar bien nuestra familia. El coach familiar nos puede echar una mano.

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Posteado por: mariaisabelherrero | octubre 30, 2014

Cómo vivir con entusiasmo la vida familiar

Cómo vivir con entusiasmo la vida familiar

17 octubre 2014. Patricia Navas González
aleteia.org

Evita ser un ‘melón’, un ‘cenizo’ y un ‘merluzo’ para dar la mejor versión de ti mismo en el hogar, aconseja el coach Victor Küppers

Todo el mundo quiere tener una vida familiar plena, entusiasta, feliz, pero ¿cómo lograrlo?

“El estado natural de una persona sana es sonreír, ser amable, ser feliz, y cuando uno nota un desánimo crónico tiene que reaccionar; cuando la madre o la pareja está desanimada, es grave, todos merecemos estar contentos, que la gente esté contenta”, afirmó el coach Victor Küppers este martes en Andorra la Vella.

En una conferencia sobre la gestión del entusiasmo en la familia, el comunicador destacó, siguiendo una de las típicas bases del coaching, que lo primero es saber dónde estamos, y para Küpeers está claro: “Tenemos prisa y la contagiamos a los demás, todo el mundo va pegado al teléfono móvil, crecen las ventas de psicofármacos, vamos con pastillas hasta arriba,… ¡estamos muy tarados!”, diagnosticó.

Con un extraordinario sentido del humor, este profesor de la Universidad Internacional de Cataluña cuestionó a los asistentes, en su mayoría padres y madres de familia: “Vas conduciendo y si te atreves permanecer con el coche parado unos segundos cuando el semáforo que se pone verde, te insultan, y tú les pides perdón: ¿es normal?”

Küppers prosiguió su exposición afirmando que “cuando uno está tarado hay que hacer algo, no te puedes conformar, por uno mismo y por tu familia”.

En su opinión, cuando uno nota el desánimo, no en un momento puntual, sino como tónica general, tiene que reaccionar, y en ese punto entra la actitud.

“Cada uno tiene el estado de ánimo que quiere, no el que se merece, hay que cuidarlo y trabajarlo, por uno mismo y por la familia −afirmó−. El problema es que cuando el entorno es tan complicado, hay que buscar recursos”.

Centrándose en el ámbito familiar, señaló: “Un entorno que tiende al desánimo hace que uno pierda lo mejor que tiene, rápidamente uno pasa de ser estratosférico a ser mediocre: de ser una madre espectacular a ser una madre normal, de ser una pareja brutal a ser correcta, profesional”.

En este sentido, ofreció tres antítesis para explicar cómo vivir con entusiasmo en el hogar, o con sus palabras, “tener una familia chutada”:

1. Ser un melón: ir con cabeza por la vida, no con el piloto automático todo el día. “Hay gente que vive pasando días: nacen, crecen, discuten y mueren”, dijo, pero “lo más importante en tu vida es que lo más importante sea lo más importante, y lo más importante son las personas”. En un entorno familiar esto se traduce en dedicar más tiempo y ofrecer más amor, subrayó.

2. Ser un cenizo: La alegría es genética pero también se trabaja, se desarrolla, se aprende, aseguró. “Con tu pareja, ¿te ríes o no te ríes?, ¿te escuchas o no te escuchas?”, preguntó. Y añadió: “Hay que dejar los problemas fuera, guardar para dentro la mejor versión de uno mismo, y hay que buscar mecanismos para descomprimirse, buscar la manera de llegar a casa bien. Tenemos a veces una o dos horas para estar con los niños ¿y voy a estar de mal humor?” “Si uno quiere tener una casa alegre tiene que hacer algo. Hay gente que en su casa se lo pasa pipa y gente que su casa es un martirio. Y esto se aprende, hay cursos por ejemplo”, señaló sin referirse explícitamente a los Cursos de Orientación Familiar del FERT que se promocionaban a la salida de la sala de la conferencia.

3. Ser un merluzo: apagar la tv, dialogar, escuchar. “Para que haya comunicación hay que hacer un esfuerzo −advirtió−. Muchos padres han dimitido como padres, y la comunicación va en el cargo de padres. Hay que tener paciencia y escuchar, no tanto porque te importe lo que te diga la persona, sino porque te importa esa persona”.

Küpper concluyó recordando que “no podemos cambiar las circunstancias pero podemos elegir la actitud”.

“Lo que separa a las personas grandes de las mediocres es tu manera de jugar, y eso depende de ti, es tu elección, tu responsabilidad, en cada instante eliges −destacó−. Nuestra responsabilidad es hacer de nuestra vida una obra de arte. Y que cuando al final san Pedro vea la obra de arte, sólo pueda decir tres palabras: ole, ole y ole”.

Patricia Navas González

Posteado por: mariaisabelherrero | octubre 27, 2014

Relaciones padre-hijo

“La amistad de padres e hijos es un valor importantísimo”

Paola Binetti es senadora italiana y Presidenta de la Sociedad Italiana de Pedagogía Médica. El pasado fin de semana participó en el III Simposio “San Josemaría y la familia” en la ciudad de Jaén

¿Cómo han influido los escritos de San Josemaría en esta nueva concepción de la familia?

Las enseñanzas de San Josemaría guardan un profundo interés, siempre que no las convirtamos en un slogan, sino que profundicemos en ellas. La amistad de padres e hijos es un valor importantísimo; lo mismo que la responsabilidad con la que quiso que los padres pusiesen en marcha los colegios como realidades educativas en la que los padres ocupan un lugar primordial.

San Josemaría decía: “primero los padres; segundo, los profesores; en tercer lugar, los alumnos”. Para mí ese “primero, los padres” tiene un caudal de enseñanzas en el que todavía no se ha profundizado lo suficiente. No basta con que sean los dueños o los responsables económicos del colegio; se trata de que sean realmente los primeros responsables de la formación de sus hijos.

Vd. es experta en neuropsiquiatría. Los expertos dicen que cada vez se multiplican más las enfermedades de los niños. ¿Cuáles son las carencias más graves que ve en la educación?

Pienso que los valores fundamentales de la educación no han cambiado, sino el contexto cultural en el que vivimos han aparecido, junto a valores positivos, algunos antivalores como son el relativismo, el consumismo y el individualismo.

“Hay que dar a los jóvenes convicciones profundas, que puedan asumir tanto en su modo de pensar como en su conducta”

Ante el relativismo, hay que dar a los jóvenes convicciones profundas, que puedan asumir tanto en su modo de pensar como en su conducta. No basta con pensar bien: en el mundo actual es fácil caer en cualquier tipo de manipulación. No basta con que los jóvenes tengan “ideas claras”: deben saber defenderlas en contextos sociales y culturales muy diversos a los de sus padres. Para eso sus padres deben dedicarles mucho tiempo. No basta con la “pedagogía del anuncio”; tienen que darle una formación mucho más profunda: sus hijos deben asumir esos valores personalmente; no basta con que únicamente los respeten porque sean los valores de sus padres.

Luego está el individualismo, que pretende que se legalice cualquier apetencia. Si me gusta, ¿por qué no lo puedo hacer? Esa es la lógica que subyace en la defensa de la droga y de la homosexualidad. El “yo” que desea convertirse en ley obligatoria para todos. La formación de los jóvenes en este sentido no pueden reducirse a una simple enunciación del problema: hay que conseguir que lo comprendan en toda su complejidad.

Esto se pone de relieve, por ejemplo, con los llamados divorcios-express. La gente parece incapaz de mantener unos compromisos fuertes, en la amistad, en las relaciones sociales… Las relaciones se han vuelto muy frágiles. Y este individualismo se manifiesta también en lo que podríamos llamar “relaciones virtuales”: en los videojuegos por ejemplo.

Y luego están los problemas que son fruto del consumismo. Los niños disponen de demasiado dinero. Compran lo que quieren, y se convierten en unos consumidores privilegiados: esto se observa en la publicidad que se dirige específicamente a ellos. Hay que dar un sentido distinto al consumo, y volver a despertar entre los chicos una conciencia social alta, haciéndoles ver las penalidades que sufren muchos niños del mundo: en el extranjero, y en el extrarradio de su propia ciudad.

Posteado por: mariaisabelherrero | octubre 23, 2014

Sobresalir, ser el mejor

Sobresalir, ser el mejor

En el Salmo 82, 6-8 leemos:6 Yo dije: “Sois dioses, todos vosotros sois hijos del Altísimo”.7 Pero moriréis como hombres , caeréis como cualquiera de los príncipes.8 Levántate, Señor, juzga a la tierra , porque tú eres el dueño de todas las naciones.

Y efectivamente, en “todos” los seres humanos existen genes, o algo que se les parezca, que nos impulsan a ser algo más que hombres. Ansiamos sobresalir sobre los que nos rodean, ser más ricos, inteligentes, guapos, poderosos, más famosos, el que mejor habla, el que más goles mete, el que todos escuchan, el más valiente, sabio, etc. ¡ Queremos ser dioses!

Como Dios o el Rey queremos ser adorados, respetados y obedecidos. ¡Ay del que no incline sus rodillas ante el altar o el sillón en el que nos hemos encaramados !Desgraciadamente, hay muchos más hombres y mujeres que altares y no nos queda más remedio que utilizar medios un poquito bastardos para sobresalir. Sobran ejemplos en cualquier actividad o agrupación.

El ansia por sobresalir no es en sí misma ni buena ni mala. Buena cuando se trata de servir o ayudar al prójimo como a sí mismo; mala cuando para sobresalir los rebajamos con mentiras, murmuraciones, zancadillas u otras malas artes.

Un ejemplo típico es el de los políticos. Empiezan como personas normalitas, quizá por casualidad o porque conocían a Don Ilustre, se ven señaladas para intervenir en unas elecciones. Metidos en faena, su amor propio les exige ganar. Si pierden se les pone cara de mochuelo y le echan la culpa al que pasa por la acera de enfrente; pero si ganan y se sientan en un sillón más o menos importante , el poder, actuando como una droga, los transforman en seres desconocidos. ¡ Uste sabe con quien está hablando! Se decía no hace muchos años por quienes tenían y por los que hoy tienen derechos de pernada sobre vidas y haciendas.

Análogamente sucede con quienes en el ejercito ascienden a cabo, en la enseñanza a director de un centro, en el teatro al que ponen como primera figura, en el fútbol al que mete más goles, en la comunidad de vecinos al que tiene el mejor coche y en las reuniones de café al que habla más alto. Cualquiera que se convierta en el gallo del corral es el ser más feliz del mundo y sus alrededores. Como es una condición inherente a la condición humana tiene mal solución. Saber por donde van los tiros ya es un punto a nuestro favor.

Quizá lo que más nos interese sea averiguar, para evitarnos sofocones, cuando tal ansia es beneficiosa para todos o solo para el “sobresaliente”, familiares, amigos y camaradas. También considerar si en la pelea nos jugamos el puesto de trabajo, el dinero, la familia o solo el café y el prurito del amor propio herido por no dar la talla. En general, con un poco de paciencia es suficiente. En todos los casos, como manda la Santa Madre Iglesia, empecemos por rezar por buenos y malos soportando con paciencia las flaquezas de nuestros prójimos. ¡ Amén!

Mérida (España), 8 de septiembre de 2014

Alejo Fernández Pérez Alejo1926@gmail.com

Posteado por: mariaisabelherrero | octubre 20, 2014

Unboxing videos

Del blog familia actual

Los unboxing vídeos son una forma de entretenimiento infantil que se ha puesto de moda, sobre todo, en Estados Unidos. Estos vídeos los podemos encontrar en Internet, hay muchos y su formato es siempre el mismo: unas manos que van abriendo cápsulas, como esas que contienen los huevos de chocolate, y muestran al curioso espectador los regalitos que van saliendo. Parece que la nueva moda ha enganchado a los más pequeños, no en vano algunos de estos vídeos han sido visualizados más de ciento sesenta millones de veces.

A los niños les gusta abrir regalos, pero también les gusta verlos abrir a los demás, en cierto modo, es como si lo hicieran ellos mismos. Basta con observarlos en una fiesta de cumpleaños: allí no sólo disfruta quien recibe los regalos, sino también todos los que, expectantes, observan cómo los abre. Abrir un regalo tiene algo de magia, pues sacamos de la chistera (de la caja o del envoltorio) un objeto que no existía para nosotros. A los niños les encantan las sorpresas, pero también las sorpresas que provocan las sorpresas, por eso, millones de ellos ven este tipo de vídeos.

La sorpresa es la reacción provocada por una cosa imprevista, es una emoción ambigua, porque puede ser tanto positiva como negativa. Un regalo, por lo general, provoca una sorpresa positiva, por lo que, al visualizar un vídeo en el que se abren cápsulas que contienen juguetes o muñecos minúsculos, estamos asegurando una emoción positiva. Lo que ocurre es que, las emociones hemos de controlarlas, porque, por su propia naturaleza, pueden llevar a un niño a la saturación.

Por otro lado, este tipo de vídeos presentan su carga negativa si dejamos a nuestros hijos que los vean solos y sin control, si no ponemos un tiempo límite (para que no provoque adicción y necesidad de comprar), o si no los combinamos con otras actividades diferentes: juegos, deporte, salidas, amigos…

Hemos de tener en cuenta que estos “vídeos unboxing” están grabados de tal manera que el espectador, el niño, se siente asociado con las imágenes, es decir, no ve la cara de quien desenvuelve los regalos, como si fuera él mismo quien lo hace. Esta fórmula no fomenta la empatía porque el beneficiario es el propio espectador, aunque lo es de una manera virtual. Además, no enseña a jugar, sino que se limita a fomentar el deseo de acumular regalos sin más.

Como muchas otras cosas que podemos encontrar en Internet, la clave está en el uso que se haga. Estarse siete, quince o hasta más de cuarenta minutos viendo abrir regalitos en una pantalla de ordenador, en un móvil o en una Tablet no parece la mejor forma que tiene un niño de pocos años de pasar su tiempo; sin embargo, si lo hace, si se lo permitimos, hemos de aprovechar ese centro de interés para educar. ¿Cómo? Por supuesto, en primer lugar, viendo el vídeo con nuestro hijo, y en segundo lugar, preocupándonos por extraer lo positivo que pueda contener esa actividad para:

Potenciar el vocabulario: podemos jugar a nombrar lo que va apareciendo, a describir los juguetes, a decir para qué sirven, etc.
Reforzar la memoria: las visualizaciones posteriores las podemos dedicar a jugar a acertar lo que va a salir.
Fomentar la expresividad artística: si le pedimos que haga un dibujo del objeto que más le ha gustado o que lo moldee con plastilina.
Desarrollar la atención visual y la concentración: haciéndole preguntas sobre algún detalle, por ejemplo.
Los “unboxing vídeos” son una novedad, y como tal, un reto educativo. ¿Qué pensáis vosotros?

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Posteado por: mariaisabelherrero | octubre 16, 2014

Los niños necesitan hermanos

¡Los niños necesitan hermanos!
10 octubre 2014. Melissa Moschella
alfayomega.es (*)
En torno al Sínodo sobre la Familia, resulta un tema de especial interés la relación entre el Estado y la familia con respecto a la educación

La profesora norteamericana Melissa Moschella ha hablado de ello en el Instituto CEU de Estudios de la Familia y le hemos preguntado sobre conciliación, transmisión de la fe, la figura del padre, los hermanos… Una buena manera de preparar el próximo Congreso Católicos y vida pública, sobre La familia siempre: desafíos y esperanza, del 14 al 16 de noviembre en Madrid

¿Cuál ha de ser la relación Estado-familia a la hora de educar a los hijos?

El mejor modo de proteger los derechos de los hijos es proteger los derechos de los padres, porque lo que necesitan los niños es ser criados por sus propios padres en una familia intacta, en la que tengan un mensaje coherente sobre el modo de vivir. Así crecen mejor los niños. La familia es una comunidad de naturaleza prepolítica, pero no está encerrada en sí misma, sino que tiene una dimensión social y pública. El Estado tiene que proteger los derechos de los padres a la hora de educar, y darse cuenta de que no tiene la prioridad con respecto a la educación. Son los padres los que saben mejor qué es lo que necesita cada niño. Si el Estado acapara la mayor responsabilidad con respecto a la educación, de hecho esto es peor para el niño.

Pero hoy el Estado parece instalado en el sofá de nuestra casa…

En mi opinión, no dejar que los padres cumplan sus obligaciones como padres según su conciencia es una violación de los derechos de los padres, como si el Estado dijera: Bueno, a partir de ahora yo me encargo. La educación de los hijos es un asunto principalmente de los padres.

Sin embargo, muchos padres han delegado la obligación de educar en el colegio, como si fueran los cuidadores de los alumnos, en lugar de los padres de sus hijos…

Esto sucede porque así, ¡la vida es más fácil! Es más cómodo dejar que el colegio haga todo. Muchos padres tampoco se quejan mucho… Es por esto por lo que el Estado ha podido invadir tanto terreno.

¿Es por esta dejación de funciones por lo que ha surgido en el hogar la figura del niño tirano?

Sucede que no entendemos bien qué es el derecho, que no consiste en reclamar todo lo que se te pasa por la cabeza. Hay que considerar que hay un derecho a cumplir con los deberes propios, empezando por los mismos padres, y esto es precisamente lo que les da la autoridad en casa. Antes que los derechos de los niños, están las obligaciones de los padres.

Ya en el terreno de las relaciones familiares: ¿qué damos a los niños que en realidad no necesitan?

Se podría decir mucho pero, por ejemplo, les estamos dando muchas más cosas materiales de las que realmente necesitan, sobre todo elementos electrónicos que de hecho pueden hacerles mucho daño en su desarrollo, y que les aíslan de las demás personas. Sería muy bueno que los padres pusieran más límites a Internet, los móviles o la televisión.

¿Y qué no les damos pero, en cambio, sí necesitan?

En primer lugar, ¡los niños necesitan hermanos! Necesitan hermanos con los que jugar y aprender a convivir, a renunciar a tus preferencias, a dar de lo tuyo, a pensar en los demás… Es una riqueza que no puede ser sustituida por ninguna cosa material, y que para los niños es muy buena.

Un obstáculo para muchos padres es conciliar trabajo y familia. Ha surgido la expresión tiempo de calidad, que para muchos niños es insuficiente. ¿Qué se puede hacer?

Hay que tener claras las prioridades, y ver a qué se puede renunciar, ¡porque los niños necesitan tiempo en cantidad!, no sólo calidad… En realidad, son sólo unos años de la vida, cuando los niños son pequeños. Reducir la jornada, o dejar el trabajo por un tiempo, no significa que se acabe tu carrera profesional para siempre; claro que hay familias que no pueden renunciar y hacen lo que pueden. Pero siempre hay que tener claro que lo primero es la familia.

Normalmente, la primera que se sacrifica en este campo es la mujer. ¿Los hombres se han dado cuenta de que las cosas han cambiado?

Algunos no, pero algunos ya han comenzado a entenderlo. Curiosamente, este cambio que se está produciendo es para bien, porque los hijos necesitan la presencia de su padre, y no es bueno ni para los hijos ni para el padre que trabaje todo el día y luego se desentienda del cuidado de sus hijos. Ellos necesitan el cariño específicamente paterno, que es insustituible y que la madre no lo puede dar.

¿Qué puede decir a los padres preocupados por transmitir la fe?

Lo primero es incorporar la fe en la vida de la familia de un modo natural y normal: rezar antes de dormir, bendecir la mesa, rezar de vez en cuando un misterio del Rosario… Y es muy importante que los niños vean que sus padres rezan.

Vivir la fe debe ser una parte integral de la vida en familia; no es suficiente lo que pueda hacer el colegio o la parroquia. Hay que vivirlo en casa.

Muchos colegios y universidades parecen haber fracasado en esta misión. ¿Qué ha pasado?

El cambio cultural tan grande de las últimas décadas ha influido mucho. En general, si la familia no ha vivido bien la fe, el colegio o la universidad pueden hacer muy poco. También habría que analizar si las instituciones han transmitido la fe de un modo atractivo y positivo, y sobre todo fiel. Una buena línea de trabajo sería que colegios y universidades intentaran incluir a los padres en esta misión, porque la familia debe ir por delante.

(*) Entrevista de Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo

Posteado por: mariaisabelherrero | octubre 13, 2014

Para una sana educación

PARA UNA SANA EDUCACIÓN

No son «recetas» — no las hay en educación—, resultaría inútil pretender «aplicarlas tal cual, mecánicamente». a) lo que es oportuno hacer a la hora de educar a nuestros hijos; b) lo que no debe decirse.
Por Tomás Melendo Granados

Arvo.net

Es este el último de una trilogía de artículos dedicados a la educación de los hijos. En el primero propuse una serie de principios para iluminar, desde el fondo, la labor formadora de los padres. El siguiente mostraba algunas actitudes particulares que deben adoptarse en distintos casos, a tenor de la edad de los chicos: desde el momento del nacimiento, e incluso antes, hasta que entran en la adolescencia. Ahora pretendo ofrecer un conjunto de sugerencias más particulares, que pueden muy bien resumir y concretar lo ya expuesto.

Como no son «recetas» —pues no las hay en educación—, resultaría inútil pretender «aplicarlas tal cual, mecánicamente». De ordinario, deben ser adaptadas a la situación de que se trate; en ciertas ocasiones, atendiendo a unas circunstancias particulares, incluso será preferible ponerlas en sordina; y alguna vez, muy pocas, atreverse a contradecirlas.

Lo ha de dictar, en cada caso, la prudencia de los padres… tal vez a la luz de los fundamentos contenidos en el primero de estos tres artículos.

Las propuestas se articulan en dos grupos muy sencillos:

a) lo que es oportuno hacer a la hora de educar a nuestros hijos;

b) lo que no debe decirse, no tanto por la expresión en sí, sino por la actitud que manifiesta en los padres y los hijos perciben desde muy pequeños, y por el daño que a estos pudiera causarle.

A) Lo que conviene hacer

1. Vivir personalmente, con coherencia, cuanto se exige a los hijos, recordando que el ejemplo es el mejor predicador; o, al menos, luchar clara y visiblemente por actuar de tal modo.

Así, pongamos por caso, conviene ir por delante en la moderación del uso de la TV; en no hablar nunca mal del prójimo y saber cortar cualquier conversación que tome ese rumbo; en la sinceridad: por ejemplo, no pidiendo que digan que no estamos en casa cuando simplemente no tenemos ganas de ponernos al teléfono; en el orden, sin sentirnos liberados —por nuestra edad y condición de padres— de arreglar nuestros enseres y contribuir a la armonía del hogar; en la puntualidad, acudiendo de inmediato, entre otras circunstancias, cuando se nos avisa que el almuerzo o la cena están a punto; en afrontar las dificultades con buen humor y una sonrisa; en valorar y exponer el sentido del trabajo, sabiendo destacar cuanto en él hay de positivo y silenciando, si fuere necesario, las dificultades, las «zancadillas», el mal talante de nuestro jefe o de nuestros compañeros…

2. Favorecer el prestigio del otro cónyuge, ayudando a los hijos a descubrir sus virtudes, y evitar el contradecirlo o reprocharle algo en presencia de los niños. Si os han visto pelearos, que os vean también reconciliaros.

Y, cuando las hijas adquieran la edad conveniente, que el padre les muestre la grandeza de la madre «como mujer y esposa», igual que la madre a los hijos varones en relación a su marido «como esposo y como varón».

3. Encontrar las ocasiones para jugar y conversar con los hijos, para interesarse realmente por sus cosas, que nunca son para ellos poco importantes, aun cuando a veces esto signifique renunciar a la propia tranquilidad o sacrificar un poco del tiempo que podría dedicarse a la profesión o al descanso.

4. Conceder a los hijos —de manera progresiva, según la edad, pero desde el fondo del corazón— toda vuestra confianza, arriesgándoos sin dudarlo a que alguna vez os «engañen».

5. Tener también fe en la capacidad del niño o de la niña para luchar por superar sus defectos, comprometiéndonos personalmente en ese combate… hasta sufrir con sus derrotas, si llegare el caso.

Por eso, cuando el hijo caiga una vez más en alguno de esos defectos, comprenderlo efectivamente, ayudarlo con palabras de ánimo después de rehacernos nosotros mismos si fuera preciso, y no limitarse a echarle en cara su debilidad.

En definitiva, mostrar que seguimos confiando plenamente en ellos y que estamos dispuestos a comenzar de nuevo la lucha con moral de victoria.

6. Favorecer el espíritu de iniciativa del niño desde muy pronto y dejar que haga las cosas por sí mismo —que inicialmente resulta más costoso que hacerlas nosotros—, asumiendo con espíritu deportivo las molestias complementarias que tal actitud pudiera originar.

7. No ceder a los caprichos de los críos, por más que se emperren en ellos, sino esperar serenamente a que pasen sus rabietas. Dejarles muy claro, de este modo, que no tienen derecho a esos antojos.

8. Cuando sea menester, aunque no resulte fácil, saber decir que no… y mantenerse en él; pero explicar las causas de esas negativas y no exagerarlas, multiplicándolas inútilmente.

(Recordar, a estos efectos, que cada persona tiene su propio camino de perfeccionamiento y que no debemos imponer a nuestros hijos las propias preferencias).

9. Ejercer la autoridad, que no es autoritarismo. Este último es afán de poder; la primera por el contrario, es servicio y se basa en una estima justa y merecida del chico o de la chica y de lo bueno en sí, que resulta capaz de mejorarlo.

10. Exigir la obediencia sin vacilaciones, pero intentando dar las órdenes con el tono más suave y simpático posible.

11. Limitar el número de deberes y prohibiciones a las cosas verdaderamente importantes. La vida familiar debe estar regida por el mínimo de reglas imprescindibles, y no por gustos o caprichos de uno u otro de los progenitores; y esas pocas normas ineludibles, hay que intentar que se cumplan siempre.

Así los padres —¡las madres!— «no se queman» mandando sin ton ni son en cuestiones que, por su misma escasa relevancia, luego no vamos a hacer cumplir; y los hijos aprenden a obedecer por la bondad intrínseca de lo que se les indica, interiorizando los criterios y formando su conciencia.

12. A veces —no muchas— se debe también castigar, pero con moderación, sin perder la serenidad ni dejarse vencer por el nerviosismo o la ira.

13. Nunca un castigo ha de ser ni parecer un simple desahogo de nuestro mal humor, de nuestro cansancio o de nuestro orgullo herido. Por eso, en ocasiones, es preferible «salir de la escena» y no volver a ella hasta que se haya recuperado el propio dominio: una palabra serena y convencida goza de mayor poder de persuasión que un grito o una reprimenda incontrolados.

Es necesario, además, medir muy bien las consecuencias de la sanción que se pretende imponer. Jamás debe ser ni desproporcionada ni de tal envergadura («¡te quedarás tres meses sin salir de casa!»)… que después resulte imposible cumplirla y tengamos que condonar la deuda.

Por fin, es muy conveniente que la acción reparadora guarde clara relación con la falta cometida: los defectos en el estudio es oportuno corregirlos mediante actividades que enseñen; los de puntualidad, ayudando a vivirla en otras circunstancias; las explosiones de ira, enseñando a pedir perdón y a no saltar cuando les gasten aquella broma que les molesta especialmente…

En este sentido, no suele dar resultado una suerte de «castigo universal y no específico», como privar de ver la televisión, jugar con la videoconsola, no asistir a determinados espectáculos… Entre otros motivos, porque concedemos a esas actividades (televisión, etc.) una importancia de la que en realidad carecen.

14. Cuando convenga regañar a un hijo, hay que hacerlo con claridad, con justicia, con brevedad y cambiando después el tema de la conversación; es imprescindible concederle un tiempo para que asimile la corrección, sin exigir que reconozca de inmediato su culpa… como tampoco solemos de entrada reconocerla nosotros.

15. Resulta muy formativo exigir apoyándose más en el cariño (y en el bien de los demás) que en los castigos y recompensas: «Si haces eso, me das —o das a tu padre o a tus hermanos— un disgusto o una alegría muy grande».

Se transmite así a los hijos la hermosura de hacer o prescindir de algo libremente, por amor a los demás.

16. Evitar siempre que se pueda los premios materiales, para no cultivar una moral utilitarista, que espera una recompensa por cada acción positiva. Al contrario, resulta muy conveniente que los hijos perciban y se sientan satisfechos al advertir la alegría de los padres cuando realizan una buena acción.

En el primer caso se promueve, tal vez sin plena conciencia, el egoísmo: hago algo bueno no por ser bueno, sino porque yo obtengo un provecho. En el segundo, se ayuda a los hijos a salir de sí y ocuparse de los otros… que es la única vía transitable para encontrar la felicidad.

17. Conviene elogiar o censurar no lo que son, sino aquello que hacen. Se evitará de este modo fomentar la soberbia o el desencanto. No decir, por ejemplo, «eres tonto», sino «esta vez has hecho o dicho una tontería».

El uso del verbo ser o similares, por cuanto fácilmente se refieren a la totalidad de la persona y la califican de un modo radical y omniabarcante, constituye una especie de carga de profundidad que puede resultar devastadora.

Más oportuno es, por ejemplo, utilizar frases del estilo: «en esta ocasión has actuado un tanto egoístamente; no me lo esperaba de ti». Con ellas, al tiempo que corregimos la actitud incorrecta, fomentamos los valores positivos de fondo y mostramos nuestra estima y confianza hacia los chicos.

18. Distribuir encargos oportunos entre los hijos, enseñando también a que, en determinadas ocasiones, si existe causa justificada (exceso de cansancio, proximidad de un examen, etc.), uno supla en lo que debería realizar otro.

Se trata de una de las acciones más difíciles pero al mismo tiempo más eficaces. Cualquier hijo en condiciones normales está dispuesto a echar una mano a sus padres… con tal de que esa tarea no le corresponda a otro hermano. Lograr que superen esa especie de agravio comparativo es poner las bases de una generosidad auténtica y duradera.

19. Implicar a los hijos, con un equilibrio adecuado, en las decisiones familiares, estimulándoles para que hagan sugerencias para el bien de la familia… y acogiéndolas incluso cuando las nuestras nos sigan pareciendo un poco mejor que las que propuestas por ellos (entre otros motivos, porque es muy fácil que las nuestras, solo por serlo, las consideremos mejores).

20. No rechazar globalmente, y mucho menos a priori («tú calla, que de esto no sabes») ni siquiera aquellas insinuaciones de los hijos que nos parecen más insensatas; por el contrario, esforzarse para descubrir y valorar cuanto hay de bueno en sus ideas… puesto que siempre hay algo bueno.

Es eficacísimo llegar al convencimiento de que los padres tenemos mucho que aprender incluso de los más menudos de nuestros hijos.

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