Posteado por: mariaisabelherrero | noviembre 29, 2012

Las lágrimas de Rod Stewart

Han corrido por Twitter y por los medios de comunicación de medio mundo las imágenes del cantante británico Rod Stewart deshecho en lágrimas de alegría tras la victoria de su equipo, el Celtic de Glasgow, ante el poderoso Barcelona. Ocurrió en el partido de vuelta de la Liga de Campeones: el equipo local, mucho más débil que el rival, se impuso por dos goles a uno. Al final del partido, como no podía ser menos, el estadio estalló de alegría, y las cámaras recogieron la imagen del rockero agarrado a su pañuelo llorando al ver a su equipo superarse a sí mismo y conseguir una victoria histórica.

Las lágrimas de Rod Stewart nos ha recordado la emoción que siente todo padre, toda madre, que ve que sus hijos van consiguiendo objetivos: comienzan a caminar, dicen sus primeras palabras, meten una canasta, aprueban un examen, consiguen un trabajo… Nuestra labor como padres se resume en prepararlos para superar obstáculos y acompañar su crecimiento. Por lo general, tendremos que verlos desde la grada o desde el palco, no podremos bajar al terreno de juego para tirar por ellos la falta o sustituirlos en la barrera. Pero, cuando cumplan un objetivo, grande o pequeño, no podremos menos que sentir una emoción que solo pueden sentir los padres y que se parece al llanto de Rod Stewart.

Como decimos en Aprender de los hijos, ellos nos necesitan para llegar a no necesitarnos. Si en algún momento somos imprescindibles, lo somos para acabar no siéndolo. Este es nuestro destino como padres y nuestro triunfo: ser prescindibles. Se podría decir que somos como el Guadiana: aparecemos en sus vidas para acabar desapareciendo sin dejar de estar. Ésta es la condición de padres. Los hijos son nuestros, es verdad, les hemos dado la vida, nos desvivimos por ellos, pero su vida es suya, no nuestra.

Se puede decir que, desde que nacieron, comenzamos a ser prescindibles. Cortamos su cordón umbilical en la sala de partos, le soltamos la mano para que comenzara a caminar, le quitamos las ruedecillas adicionales de la bici para que aprendiera a ir a dos ruedas, le animamos a que continuara sus estudios en el extranjero, adonde se nos iba el corazón.

Y nos tocará dejarlos caminar solos, como cuando soltamos la mano del sillín de la bici y los vimos alejarse haciendo eses. Atentos por si se caían, al poco rato, ya los veíamos correr alegres. Mientras se alejan les daremos las gracias por habernos enseñado tanto, por habernos hecho mejores personas, por haber renovado nuestra vida, una vida que ya no podemos concebir sin ellos. Lloraremos, quizá, como Rod Stewart, y como él entonaremos desde la grada el himno de nuestro equipo: “You’ll Never Walk Alone”, nunca caminarás solo.

Tomado de un blog de Aceprensa

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