Posteado por: mariaisabelherrero | mayo 21, 2012

Pedir la luna

Este domingo la luna llegó al punto de su órbita más cercano a la tierra (perigeo). A las 03:34 GTM se encontraba a menos de trescientos cincuenta y siete mil kilómetros de nosotros. Desde ciertos lugares se la podía ver llena, brillante y majestuosa, como la diosa Diana de la mitología. El astrónomo, Tony Phillips, lo comenta en su página de la NASAy explica que la “luna llena levanta las mareas, hace que aúllen los perros y nos despierta con su resplandor en mitad de la noche”. No extraña, pues, que nuestro satélite tenga fama de traer conflictos y turbulencias, de producir insomnio y de resucitar al hombre-lobo que habita en cada hombre.

Pero la luna llena también afecta a la familia, a la relación entre padres e hijos. ¡Qué madre, qué padre no les daría la luna a sus hijos si se la pidieran! Incluso, sin que nos la pidan, estamos siempre dispuestos a llenar a nuestros hijos de cosas: juguetes, juegos, ordenadores, móviles y todo tipo de artilugios electrónicos. Que no les falte de nada, no vaya a ser que se sientan vacíos y decepcionados: vacíos con ellos mismos, decepcionados con sus padres. Así, hemos conseguido ese fenómeno de los niños hiperregalados, que tienen tantos juguetes y regalos que se sienten desgraciados e infelices. Porque la felicidad no se logra añadiendo las cosas que nos faltan, sino quitando las que nos sobran.

Darles la luna, todo lo que piden y lo que no piden, mucho más de lo que necesitan y de lo que desean, colmarles de cosas, no significa darles todo, porque la luna, aunque sea la luna llena, no llena. “No le falta de nada”, “Le he comprado todo lo habido y por haber”, “Tiene de todo”, son expresiones que suelen encubrir una falta de lo más importante, algo que nos lo piden cuando piden la luna y que muchas veces no sabemos interpretar. En el fondo, lo que quieren nuestros hijos es una cosa muy simple: que estemos cerca de ellos, que el perigeo no se produzca una vez al año sino que sea algo cotidiano y que el protagonista no sea el satélite lunar, sino su padre y su madre.

Nos piden la luna porque no saben hacerlo de otra forma. Y no nos damos cuenta de que la luna somos nosotros mismos. Si queremos iluminar su camino debemos estar llenos, no una vez al mes para cumplir una fase astral, sino todos los días con el fin de que nuestros hijos no duerman a oscuras.

Pero, ¿cómo nos llenamos los padres para poder iluminar? Al igual que la luna, necesitamos de una fuente de luz, que para ella es el sol y para nosotros ese amor a los hijos que debemos irradiar hacia su propio bien. A veces esa luminosidad nos ciega a nosotros mismos y confundimos la luz con el satélite lunar; entonces les damos la luna, cuando lo que nos están pidiendo es la luz. Querer a los hijos es fácil, lo difícil es saberlos querer bien.

De un blog de Aceprensa

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