
Una buena maestra, Doña María, una de esas maestras que dejan huella, cuando estaba próxima a su jubilación, recibió una carta de un antiguo alumno suyo, Lorenzo. Entonces era un hombre casado, de unos 28 años y con dos hijos. Invitaba a la maestra a visitar su casa y traía a la memoria de la misma recuerdos de bastantes años atrás.
Lorenzo no llegaba a los diez años cuando lo conoció Doña María. La etiqueta que acompañaba al niño en el colegio no permitía hacerse ilusiones: “Con Lorenzo no hay nada que hacer; es vago y revoltoso”.
El primer día en su clase, Doña María alargó la mano para acariciarle. El crío, instintivamente, se cubrió la cara, a la defensiva. La buena maestra comprendió que el pobre niño tenía más experiencia de palos que de caricias. Le cogió la cabeza con las dos manos y le dio un beso. El pequeño se la quedó mirando y después de un rato le dijo:
• Profe, es el primer beso que me han dado en toda mi vida.
• Hijo, ¿ tu mamá no te da besos?
• Mi mamá murió cuando era pequeño.
• ¿Y papá no te besa alguna vez?
• No. Mi papá solo me pega con el cinturón.
• Pues yo no te voy a pegar nunca. Te voy a querer mucho. Y tú vas a ser muy bueno y trabajador. ¿De acuerdo?
• Vale.
Desde aquel día el niño empezó a cambiar. Al acabar el curso estaba a la altura de los mejores de su clase. Los restantes años en el colegio sobresalió por su comportamiento, actitud y rendimiento.
En la carta de ahora le recordaba a Doña María ese primer encuentro con ella. “Aquel beso suyo – le decía – cambió mi vida. ¡Que Dios se lo pague!”.
Dios es Amor. Y donde hay amor, ahí está Dios. Por eso el cariño, el amor, hace milagros. Y es el fundamento insustituible de toda tarea educativa.
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